domingo, 8 de abril de 2012

Sin título. (trabajando con Olimar Oliveira)

En la verdadera muerte, el infinito blanco de la nada, hay una precaria masa amorfa, con el verde esmeralda y el verde podrido de íntimo tiempo, de unánime soledad. El movimiento ilusorio, vislumbra un rostro, como si aquél, fuera el intento de recordar la cara infantil de un hombre muy lejano. De la boca a la nariz, a las inmensas y rubicundas mejillas, al cabello ligero y lleno de viento, la cara mueve la lengua y los labios, los ojos y cada cabello, aquellos pómulos adquieren el color de la tarde y el calor del fuego.

Moviendo la masa verde, el rostro se va extendiendo, de un torso fresco, emerge la verdad de una pierna, y de la fuerza de ese baile, brotan los brazos e incluso, el divino pensamiento. Pronto, está un cuerpo de formas insondables y bellas, que baila entre el espacio discreto y suficiente. Mas se cansa, se limita y sus pasitos, se vuelven pesados pensameintos. La figura se siente sola, entre el espacio innegable, de no bailar con. Su nuevo corazón, se oprime, se da contráctil al miedo del oprobio íntimo y siempre mortal. Se mueve con desesperación, con necesidad, como si a cada paso y forma, hubiera la más ligera oportunidad, como escapar o perseguir a alguien. Por más correr, no consigue salir de la masa, no consigue moverse ni un centímetro cerca de la deforme circunferencia y le invade el pánico, de saber que no corre, sino cae y cae, y que jamás importará si se detiene, seguirá cayendo. En un momento, el vértigo fatigoso se detuvo y una experiencia mucho más lejos de la monotonía, usurpó el lugar del miedo.

El bailarín, estaba en frente de una nube igual de verde y agónica, la toxicidad de su figura, no pudo sino hacerle pensar en la promiscuidad de los espejos. Extendió todo lo de ojos que descubrió, tenía en ese momento, para ver el más largo y eólico de los cabellos. Aquella era la forma de una madre, de una hermana y de una amante, del mundo entero que salía de su cosmovisión, sintió revelarse ante él, el espacio y el tiempo, pues su distancia y los segundos que tomó acercarse a la bailarina, fue todo lo que pudo haber necesitado Aristóteles para Metafísica.

Pero al estar la membrana de la cárcel verde una frente a otro, hubo un tremendo choque, que estremeció el espacio de los bailarines, asustando sus lánguidos cuerpos, desesperando los pasos, apresurando las miradas y rompiendo lo frágil de una córnea, que expiró directo de las pupilas, una húmeda lágrima. Entonces el bailarín arañó su pared de polvo, rasgó con manos firmes en la ilusión y a forma de respuesta, la bailarina trató de tocarle. Pero resultó falaz y tétrico sentir la ausencia de muros y la vigencia de separación, la "y" que los separa y a tiempo los llena de coraje.

 El bailarín cae al suelo ficticio, real para toda su terrible derrota, real para todo su agobio, real el suelo para estar solo.La bailarina sintió la más honesta de las opresiones en el pecho, supo que la respuesta de salida y fuga, no estaba en el exterior y comenzó a rasgarse el pecho con las manos, que eran espinas sagradas. Profanó su cuerpo hasta romperse las nuevas costillas y tejido a tejido, destrozó su pecho, por donde emergió el sagrado corazón, lentamente, el tibio y rubicundo corazón, salió herido de la prisión. El bailarín con una motivación furiosa, emprendió la tarea mazoquista, no sin miedo, no sin esperanza.

Pronto hay dos lineas orgánicas, unidas al pecho, unidas al miembro sincero y en un baile ilimitado, de dos pasos infinitos, los bailarines extendieron el más largo de sus dedos, la más dulce de las lenguas.

Y hubo calma y hubo razón, pues la chica detrás de los bailarines, que sujeta el universo, sonrió, detrás de ella un cuarto extenso y expresivo tomó color, fuera de su casa el mundo florecía y en otra dimensión de espacio, dos bailarines idénticos a los de su dibujo bailaban en la eternidad de sus rubicundas mejillas.

Olimar Oliveira.

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